Universo y azar.

Germán Burgos Bravo, generación 2007

...

 

Meses después, mientras miraba por la ventana de la sala 318 observo a los vehículos que pasan por fuera. Vuelvo al pizarrón y Don Juan Carlos Mamani imparte el taller de discurso escrito I. Es así como comienza todo. Fue esa tarde de abril que me abrió los ojos: yo estaba en la U y era la oportunidad de mi vida. El camino no fue fácil, para nada. Aún recuerdo al profesor Robert Gascón notificándome que reprobé el ramo de morfología del español, así como recuerdo las lecturas y los análisis de Don Patricio Úbeda, de cuando me dormí sobre la Ilíada para despertar y seguir leyendo. A Liliana “Lili” Chateau, siempre dispuesta a colaborar con cada cosa que necesitara.

 

También recuerdo las extensas conversaciones sobre periodismo y actualidad (y otras no tanto) con Doña Rosa Elena Gamarra, quien luego dirigió mi investigación de tesis escuchando sobre mis miedos, avances, las (muchas) pataletas, sobre la mujer y el cómic, el tema principal de mi investigación. También recuerdo las anécdotas con la maestra a quien considero mi mentor: Ana María Soza Romero, el alma máter de esta experiencia, de quien me nutrí académicamente para luego aplicarlo en la vida. Ella siempre decía que: “cuando hablamos de universidad, no sólo nos remitimos al desarrollo intelectual. La universidad no sólo es aquel lugar de donde extraen conocimientos; es también aquella donde convergen las personas y todo el universo que ello representa.”

 

La universidad de un universo diverso. Premisa rara, suena a rima, pero créeme que es verdad. Fue durante esos cinco años que conocí a un sin número de personas, cada una con una historia personal, un ritmo de vida o un estilo. De ellos absorbí distintos elementos que luego utilicé para escribir guiones o historias variadas. De todos ellos saqué y aprendí alguna cosa. Fue en esta misma universidad donde afiancé amistades, armé algunas nuevas, me enamoré y sufrí, me curé fumé, reí, lloré, dormí y, por sobretodo: viví.

 

Fueron estos cinco años los que cambiaron mi vida, la forma de recibir el amanecer, de vivir el día y de disfrutar la noche. Acá estreché lazos inquebrantables y aprendí a ser un ser humano crítico, consciente de las necesidades de las personas y fue el lugar donde hallé mi propia voz. Esa misma que surge en marchas, en conversaciones pasajeras, en grandes salones y en cunetas angostas. Han pasado dos años desde que salí. Uno desde que me titulé. Todavía sigo aprendiendo, y también quiero volver a estudiar porque aún me queda vida por aprender y vivir pero aquí me encuentro, en Santiago, extrañando cada día a ese morro imponente que me vio crecer. El azar fue la casualidad que cambió mi vida y aquellos que no creyeron en mí, hoy aplauden el logro de un estudiante del montón que se titula y emprende un nuevo rumbo que, quizás, no hubiera sido posible si no hubiera conocido todo ese universo maravilloso que me llevó a ser la persona soy ahora.

 

 

EGRESADO